MI HIJO...

Mi hijo ha llegado a mi vida como si desde la estrella más lejana me estuviera viendo, se tomó la molestia de viajar muchos kilómetros, de alcanzarme en el sueño que de él siempre he tenido, de traer la alegría que no imaginé poseer.

Miró a su padre y lo escogió para mí, para ser el dueño del apego, la ternura, la pasión que le profeso, le dijo a su espíritu que la mejor forma de quedarse conmigo en la eternidad era dejándolo en mi vientre... y así lo hizo... Lo encaminó a mi lecho, lo arrojó a mi tacto para inventarle letras sonámbulas, le murmuró que cada una de las noches que me pasé pensando en ÉL, pedía que su sangre se uniera a la mía, que su carne creciera dentro de mi cuerpo y que entre los dos formáramos lo que se llama “El milagro de la vida” y así de esta forma ÉL siguiera participando en los aplausos del amor incondicional... perpetuo...

MI HIJO ME ACARICIA POR DENTRO...

Mientras el destino me coloca tan cerca de ÉL que ni siquiera se da cuenta de que mis ojos recorren su aliento y se me entristece el alma, mi hijo me coquetea para hacerme sonreír, su vocecita diminuta me explica el por qué de las cosas y me pide que no me preocupe, ya habrá tiempo de que todo tome su curso natural. Me agarro la panza crecida y suspiro... tiene razón... no hay que derrumbar lo que el porvenir ha decidido hacer por sí mismo.

Por las madrugadas como desde aquél día en que ví a mi DEMONIO por primera vez y alguien en el corazón me escribió que viviría algo importante con ÉL, lo delineo con tinta negra de letras rojas, lo beso desde la tierra de mis muertos que duermen con nosotros y los que lo cuidan por mí... escribo, no hago otra cosa más que desear y escribir... por algo mi vida es ésta... por algo mi hijo es mi hijo...

Y mi hijo crece y se mueve... va a todas partes conmigo... en este instante no forjo la idea de vivir sin él, sin su presencia... Te amo hijo...

Mi hijo... el pedazo de luna que sólo tú DEMONIO me pudiste dejar...

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